Emoción y lágrimas en la victoria de Jesús Herrada

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Los ciclistas llegan a la meta y sus emociones se esparcen. Unos lamentan el frío, o el calor, o la velocidad, o los obstáculos del recorrido. Incluso la profesión. Es una procesión de gemidos y sentimientos, calentones por mil motivos y siempre la búsqueda reconfortante del autobús equipado con todas las comodidades. En ese ecosistema concentrado en una avenida y las calles adyacentes con sus coches y buses, Cistierna queda grabada en el disco duro de un hombre. Jesús Herrada se explaya en las emociones: se deja caer en el asfalto, llora como un niño, le sobra todo, gafas, casco, gente, pide agua a su auxiliar, recibe besos y abrazos de sus compañeros, se funde con su hermano José (también ciclista del Cofidis) y sale un hilo de voz de su garganta para describir su éxito. «Hay situaciones que no se expresan con palabras». Jesús Herrada, 32 años, antiguo sucesor de estrellas, conquense de Mota del Cuervo, logra la segunda victoria española en la Vuelta.

Llueve en el puerto de San Glorio cuando el pelotón toma la salida entre las nubes y el amago de niebla en Camargo, en las afueras de Santander. Los ciclistas se desaniman con esa visión lúgubre de nubes y agua que transforma en verde los prados de la región. Los 1.609 metros de San Glorio, célebre paso de transporte y comercio que comunica Castilla con Cantabria, separa dos mundos. La lluvia del norte y el sol que asoma en los campos de cereales al otro lado de las montañas.

Siempre se dijo que los asturianos y los cántabros bajan a León a secarse, a despojarse del orbayu que inunda sus vidas y sus cuerpos de agua fina. El sol estimula al pelotón, lo vuelve visible y reduce la carga épica que aportan la lluvia, el viento, la niebla o cualquier otra dificultad similar. El sol apacigua y limita las emociones.

No es ese el propósito que anima a Jesús Herrada y a cinco desafiantes más (cinco extranjeros, como es norma) a adentrarse en las estrechas carreteras cántabras y en la amplia calzada del puerto de San Glorio. Suelo sin gran ondulación, sin paredes verticales, un lugar para recorrerlo con calma.

El éxito de Marc Soler y sus amigos fugados en Bilbao ejerce una influencia positiva en el pelotón. Los velocistas escasean en la Vuelta, como sucede en la mayoría de las grandes rondas. Las escapadas llegan.

La armonía de la escapada (Herrada, Battistella, Wright, Janssens, Sweeny, Goldstein) funciona porque a todos interesa la gestión de los kilómetros, y el pelotón no da muestra de voracidad hasta que el Trek asume la dirección. San Glorio es un filtro para el equipo del antiguo campeón del mundo Mads Pedersen, un tamiz que separa el grano. Al impulso de la revelación del Giro, Juanpe López, se quedan Merlier y Ackermann, y sufre Bennett. Menos enemigos para el danés.

La intervención del Trek no es suficiente para mermar la máquina engrasada de la fuga, que no se descompone por los egos de sus protagonistas. Mejor juntos para tragarse el aire que cada uno por su cuenta.

Jesús Herrada (32 años) sueña con su parte en ese compendio de esperanzas. Él fue uno de los grandes nombres que surgieron en la pasada década como aspirantes a lucir palmito en las rondas de tres semanas. Campeón de España sub 23, ciclista reclutado por el Movistar con galones para liderar, propietario de éxitos potables en Asturias o el Dauphiné, la aureola de Herrada se empezó a diluir cuando los resultados no se juntaban a las expectativas que creó. Se marchó al Cofidis en busca de otros aires y por ahí dejó retazos de clase: dos días líder de la Vuelta a España 2018, vencedor en Ares del Maestrat en la Vuelta 19, ganador de la clásica del Ventoux.

«No tenía en la cabeza ni la victoria del 19 ni nada. Solo estaba concentrado en lo que tenía por delante». Un buen ciclista con calidad para competir en el segundo escalón del ciclismo.

La chanza de los viejos complejos españoles surge instantánea. Queda quinto, se escucha en Cistierna. El pelotón no caza. Herrada se agencia una buena panorámica, último en el esprint. Y se lanza en su distancia a rueda de otros. La remontada es brillante. «Tenía confianza en mi punta de velocidad», explica. La foto-finish y su instinto le dan la razón. Alza los brazos. Llega al final del pueblo, llora, pide agua, abrazos, emociones… «Ha sido un momento para liberar la tensión, los sentimientos acumulados, cuesta mucho ganar». Situaciones que no expresan con palabras, según su propia versión.

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