Mejor que sea un árbol

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Un día de agosto, justo hace doce años, a Paco Martinmorales le cayó un árbol en la cabeza mientras hacía labores de poda en su refugio de Carataunas, en la Alpujarra, de modo que la tercera edad del ilustrador granadino fallecido ayer ha transcurrido en realidad como una segunda infancia. O una tercera infancia, tal vez, puesto que es dudoso que los humoristas gráficos seamos alguna vez personas completamente adultas, lo que añade un rasgo poético a la biografía del dibujante de «monos» con ojos tristes.

Aquel accidente interrumpió su colaboración con ABC, donde publicaba su viñeta desde 1994 y donde había recibido el premio Mingote en 1997, y le impidió ordenar los más de 15.000 dibujos originales acumulados en su larga carrera, labor que llevaría a cabo su amigo el periodista Alejandro Víctor García, comisario de la gran exposición retrospectiva ‘Martinmorales, el dibujo inagotable’ (2016) que viajó de Granada al Museo ABC antes de que la familia decidiese donar todos los originales a la Universidad de Granada. Se me ocurre que los herederos y amigos de los dibujantes actuales no tendrán que gestionar el destino de tantas cajas de papeles y cartulinas, porque la acuarela y la tinta han sucumbido a lo digital y la mayoría de los creadores de hoy pasan por la vida sin dejar rastro físico de su actividad.

En todo caso el legado de Martinmorales no se agota en esas resmas de caricaturas y viñetas coloreadas a mano. El dibujante nacido en Almería era un autor combativo; su humor era despiadado con los poderosos, a los que despreciaba abiertamente en un tiempo en el que la caricatura política se abría paso a la vez que la propia democracia. Recuerdo que lo más apabullante de su exposición retrospectiva era una vitrina de varios metros cuadrados repleta de «cédulas de notificación» de los años de la Transición con apercibimientos de multa, imputaciones por delitos variados, exhortos judiciales, testimonios de denuncias o citaciones de capitanías generales, algunas de ellas con los sobres todavía cerrados porque su destinatario ni se molestaba en abrirlos. Hoy que tanto se habla de los límites de la libertad de expresión, de la cultura de la cancelación y de los «ofendiditos» parece que nos hemos olvidado de la generación que se expuso realmente y que se ganó la libertad a pulso, sin darse importancia.

El enfrentamiento tenaz y constante contra todas las formas de la censura acompañó siempre a Martinmorales. Tal vez era inevitable en un autor que entendía el chiste como un desahogo ante la injusticia; una expresión de enfado, casi siempre ácido y feroz, para el que la crítica solo podía ser destructiva («eso de la crítica constructiva son ñoñerías»). Esta actitud tan seria no le hacía caer en dogmatismos doctrinarios, peligro tan habitual entre dibujantes de caricatura política, y en sus viñetas siempre acaba dominando un tono melancólico de personajes derrotados, débiles y profundamente humanos.

La muerte de Martinmorales nos deja un poco más huérfanos a los dibujantes que seguimos la estela de esa edad de oro del humor gráfico español compuesta por Mingote, Forges, Chumi Chúmez, Gila, El Roto, Peridis o el mismo Martinmorales, que desde el cielo con nubes algodonosas que siempre dibujamos los viñetistas estará contento porque al final si alguien te tiene que callar la boca, -y perdónenme la humorada- mejor que sea un árbol.

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