Silos, la eternidad de la piedra

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Todos anhelamos en algún momento un refugio fuera del mundanal ruido y de las vanas querellas que nos agobian. No muy lejos de Madrid, en la altiplanicie de Burgos, hay un lugar en el que todavía es posible encontrar esa paz interior que nace de la introspección: el monasterio de Santo Domingo de Silos, con una hostería que acoge a quienes desean huir por unos días de las perturbaciones cotidianas.

Estuve hace unos años hospedado en una habitación frente a una gigantesca secuoya cuyas ramas eran mecidas por el viento cada noche frente a mi ventana. Dice no sé si la leyenda o la historia que la semilla de este árbol fue traída desde Canadá en 1890 en el interior de una patata. Si no es verdad, merece ser cierto.

Durante la semana que permanecí en el monasterio, bajaba a la iglesia a rezar los oficios que comienzan al alba del día y acaban con una oración de la Virgen María en el claustro antes de cerrar las puertas de la abadía y quedar todo en silencio. Es imposible no sentir una intenta emoción al escuchar a los monjes los cantos gregorianos antes de amanecer en un templo iluminado por las velas. No hay más de media docena de personas en los bancos en ese momento sublime en el que todavía no ha arrancado el día.

El claustro es una de las joyas artísticas no ya de la Península sino también de la historia de la cultura en Europa

Hablar de Silos es hablar de su claustro y de su ciprés, enhiesto surtidor de sombra y sueño, según los inmortales versos deGerardo Diego. Tiene unos 30 metros de altura y fue plantado hace 130 años. Las miradas de los visitantes del bellísimo claustro convergen en este árbol, que representa ese espíritu silense que se eleva hacia el cielo.

El claustro es una de las joyas artísticas no ya de la Península sino también de la historia de la cultura en Europa. Fue construido por maestros canteros anónimos en los siglos XI y XII y tiene 64 espectaculares capiteles con motivos religiosos y fantásticos.

Episodios del cristianismo

Hay escenas de la Asunción, del Descendimiento, de los Apóstoles, del Paraíso y otros episodios del cristianismo. Pero también hay tallados en la piedra grifos, quimeras, aves, animales fabulosos y otros motivos cuyo significado se nos escapa.

Es un milagro que Silos haya sobrevivido a las guerras, los incendios y el olvido de los hombres. Se sabe que existía un monasterio primitivo en la época visigótica, pero fue Santo Domingo quien impulsó esta abadía benedictina situada en el valle de Tapadillo, no muy lejos de Caleruega.

Vivió tiempos de esplendor en la época del conde Fernán González en el siglo XI tras la devastación sufrida a manos de Almánzor, que saqueó Silos, y luego entró en un largo periodo de decadencia hasta que el arquitecto Ventura Rodríguez construyó el nuevo templo de cruz griega y las dependencias anexas en el siglo XVIII.

La abadía sufrió la desamortización de Mendizábal en 1835 y hubo que esperar casi medio siglo hasta que monjes benedictinos venidos de Francia repoblaron el lugar. Silos se convirtió en un centro de espiritualidad y de estudio, gracias a su extraordinaria biblioteca. También se creó un museo y se abrieron las puertas de la botica, situada junto al claustro.

Falta de vocaciones

Hoy, como sucede en otras instituciones monacales, el futuro del monasterio se enfrenta al problema de la falta de vocaciones y al envejecimiento de los monjes, que se ganan la vida con la explotación agraria de su enorme finca y los ingresos turísticos.

Pero todo lo expuesto carece de relevancia si perdemos de vista el auténtico foco que ilumina la abadía: la vida espiritual de los monjes, marcada por los rezos gregorianos y la intensa fe que les compensa a la renuncia de las vanidades de este mundo.

Le pregunte a uno de ellos que era lo más duro de aquel tipo de vida. Creía que me iba a responder que el aislamiento, la falta de bienes materiales o las dudas sobre la fe, pero me respondió sin dudar: «la convivencia».

Silos es una comunidad de unas pocas decenas de monjes que se mantienen unidos por el mismo tipo de rutinas que llevaban sus predecesores hace diez siglos. La modernidad no ha entrado en las dependencias monacales, sumidas en un silencio secular.

Silos es un faro que sigue iluminando incluso a los que no creemos y también es un ejemplo de que hay vida fuera de esta sociedad del espectáculo en la que parecer es más importante que ser. Vayan allí.

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